jueves, 17 de noviembre de 2016

Camino por la calle vacía de un domingo por la tarde. Las farolas a medio gas. La luz tenue detrás de los visillos es el único vestigio de vida.
Solo, con las manos en los bolsillos, haciendo tiempo. Como si el tiempo se hiciera, cuando se deshace.
Ahora ya deben estar recibiendo el cuerpo de Cristo. Pronto podrán ir en paz, y yo subir las escaleras, hacia casa.
Solo, mirando al suelo, como si alguien tirara migas de pan para almas perdidas.
Con la expectativa de las esquinas y la certeza terca de la esperanza, voy a ningún sitio.
Vengo de perder una partida, de tragarme un insulto, de mirar unas faldas, de rascarme una herida.
Con el pantalón raído del niño y la armadura enclenque del hombre.
Antes de que el amigo fuerte me prestara su sombra. Antes de que unos besos eternos me borraran del frío. Antes de saber que el corazón no se rompe, del todo. Antes de que una sonrisa me salvara la vida.
Y a veces mi rabia me devuelve a esas tardes, y tengo que abrazar a ese niño, y llevarlo a casa.


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