lunes, 18 de octubre de 2010

Amanece en Ponte Romano.
El policia del pueblo toma café (magnifico por cierto) en la cafeteria del pequeño hotel donde estoy hospedado.
Me gusta imaginar como seria mi vida si viviera en los sitios por donde paso.
Aquí, sin duda, me haría amigo del pizzero de la esquina, rechoncho y gritón, que dirije su modesto negocio con desbordante pasión, que vuelcas en sus platos, humildes joyas de la cocina casera italiana.

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