que le hacen bolsas.
Subida a sus tacones de alambre
reza a unos dioses distraídos,
habla a unas paredes sin eco,
mientras unos ojos la miran
y la atraviesan sin tocarla
La diva de plumas gastadas
besa las estatuas de mármol
y anhela sentada en el banco,
Penelope de cabello rojo,
a un Ulises de tres al cuarto
que flota en su memoria
de velas hinchadas