viernes, 8 de abril de 2011

Ayer me pregunto mi hija sobre la muerte por primera vez.

Me dijo que que pasaba si todo el mundo se muere, si no se queda el mundo vacío.

Y que donde iba la gente cuando moría.

De repente, me sentí como cuando abres una pesada cortina y, sin esperarlo, apareces en un escenario, con el publico expectante, esperando que actúes, que hagas algo.
Una responsabilidad tremenda, pero a la vez un vértigo placentero.
Y como hacia en teatro, hice en la vida, me lance.
Me lancé con mi verdad, con el corazón en la mano, entregándole a mi hija lo mas profundo de mis creencias como ser humano. Con un lenguaje asequible a sus 5 años.

Y le hablé de nuestros antepasados, de nuestros abuelos, de aquellos que queríamos y que ya no están.
De como esas personas están dentro de nosotros, en nuestro recuerdo, en nuestro pensamiento.
Que las llevamos con nosotros, en nuestros gestos.
En el olor de sus regazos, en sus abrazos de consuelo, en las monedas a hurtadillas que nos dieron.
En el tazón de leche que nos ponían con todo el amor del mundo.
En los refranes que no entendíamos, en su pisadas firmes de saber estar en el mundo.

Al final, ella sonrió, y paso a otro tema, como si nada.

Y yo me quedé con el tremendo vacío que deja bajarte de un escenario.

2 comentarios:

  1. Deberíamos ser siempre niños, deberíamos siempre sonreír. Como si nada.

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  2. Ojalá fuera así.
    De todas formas, al estar con ellos, algo se contagia.
    ;-)

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